Premios literarios. ¿Hay que quitarles importancia?

Premios literarios. ¿Hay que quitarles importancia?

Por Alberto Cobián

Pozuelo. Viernes lluvioso. Entro cuarenta y cinco minutos antes de mi turno en la librería. Está cayendo la mundial y aun me estoy recuperando de una hipotermia del pasado finde. A veces el take a walk on the wild side se cobra facturas.

Me han encargado un post sobre los premios literarios; ganarlos, esperarlos, perderlos, soñar con ellos. Esto viene a raíz del recién entregado Premio Planeta y su ganador, Posteguillo, a quien nunca he leído, y también su finalista, la hija de Sánchez Dragó, a quien no conozco. Para no variar la tónica de estos escritos voy a intentar buscar dentro de mí. Crearme una opinión sobre el tema, e intentar exponerlo lo más claramente posible.

Santiago Posteguillo, exultante ganador del Premio Planeta 2018
Santiago Posteguillo, exultante ganador del Premio Planeta 2018

Lo primero que se me ocurre es que, hace casi veinte años, yo gané un premio literario. El primero y único. Mi madre me llevaba de niño a un campamento de verano, pijo, me pareció con los años, en Boadilla del Monte. Era divertidísimo y guardo, para variar, muchos recuerdos. Caballos, gincanas, vela, tipis indios y fuertes vaqueros, y muchos niños, y muchas niñas y un pariente de mi padre trabajaba allí y era el encargado de los helados. Slurrp. Resumo. Me gustaba mucho una niña (fui precoz) que asistía conmigo ese verano al campamento y de la cual no recuerdo el nombre. ¿Marta? ¿Marina? Tenía una m. Sin miedo alguno a las críticas, las formas, las técnicas, las herramientas, etc, le escribí un poema. Ahora me hace gracia, sobre todo siendo alumno de escritura creativa, que saliese tan natural. Y daría un sueldo por poder leerlo de nuevo. Dos sueldos si me lo lee ella (trabajo en Pozuelo, si lees esto, sigue al conejo blanco). Ella era mayor pero no recuerdo tenerle miedo a ella tampoco. Creo que los miedos aparecen en una edad adulta, cuando los podemos entender. O cuando podemos perder realmente algo. El caso es que, finalizado el mes, el último día, los monitores y organizadores hicieron con nosotros un círculo gigantesco alrededor del patio principal y decidieron otorgarnos un diploma a varios de los niños. El niño más atrevido para José Luis Loquesea, y salía el chaval a por su premio. El más amistoso, el mejor compañero, el que mejor nada, qué se yo… Así hasta que, de repente, sale mi nombre seguido de el más poeta. Recuerdo arder por dentro, y por fuera, viendo las risas de mis colegas, y mirar a ¿M? y verla sonreír. No recuerdo llegar hasta el centro del círculo ni coger nada ni agradecer nada ni nada más que aquella sonrisa. Ya no puedo imaginar su cara, el tiempo ha destrozado eso, pero puedo aun verle los dientes y la mueca. Me había vendido. Había cogido el pedazo de servilleta del comedor y se la había enseñado a todo cristo. Monitores incluidos. Y no importaba. Estaba sonriendo.

He ganado dinero con algunas artes algunas veces, tocando música o escribiendo para alguien o cosas baratas del estilo, pero nada compra aquel primer premio que gané sin esperarlo y, por encima de todo, sin jugármelo.

¿Qué pienso sobre los premio, ya adulto? Que a veces son un trampolín. Otras veces parecen disparar la bala definitiva que fulmina al premiado. Te hacen famoso, algunos, pero me surge una pregunta: ¿Te hacen importante? Me gusta mucho, en este concepto, una frase de un músico sobre la carrera de The Velvet Underground. Decía: No consiguieron nada, no ganaron nada, no fueron conocidos por nadie. Apenas vendieron veinte mil copias. Pero de ese disco nacieron veinte mil grupos. Y siento algo.

A la hora de escribir (este caso) o de crear cualquier cosa, creo que tienes que tomar una decisión irrevocable que delimitará tu trabajo, tu persona, y tu estela en la efímera vida que logres acumular. ¿Qué quieres? Es una decisión sencilla en primera estancia. Pero si no necesitas hacerlo, si no te sale hacerlo, si no puedes vivir sin hacerlo, acabará destruyéndote. Me viene a la cabeza el cuento de Juan José Millás del esposo que culpa a la esposa por no haberse convertido en un escritor de culto. La esposa se siente culpable (época pre- Femen), se lleva a los niños al campo y le deja un mes solo para escribir. No puede hacerlo. Si no vas a aportar algo, algo fresco, algo personal, algo íntimo, mejor déjalo, hay otras cosas lindas. Snorkel, beber, series de televisión, cocinar en deconstruido, hacerse el bigote…

Pero puedes ser bueno y vender mucho. Vete a cagar, o déjalo. O ambas, si sabes coordinarlo.

Pero hay muchos estilos, la novela histórica gusta a muchos. Largo de mi casa. No necesitamos más.

Pero eres un intransigente y se necesita un poco de todo. Chic chic, PUM. Se necesita talento. Nueva regla.

Vuelvo a resumir. Vamos a relajarnos y respirar. Creo que deberíamos darle una importancia igual a cero a los premios. O al menos a medirlos en una balanza calidad – premio. Es una gilipollez. O todos a cantar Like a Rolling Stones. Hay premios merecidos. Hay premios merecidos. Hay premios merecidos. Pero también hay rebajas en vuelos intercontinentales y chupitos a un euro.

Este año, solito, se han otorgado una lista de premios potencialmente cabreantes. Dejo ejemplos.

Goya mejor canción a Leiva. (El tipo ese que va disfrazado Robert Mitchun en La noche del cazador. Pero no acojona).

Oscar mejor película a La forma del agua. (Un tipo con branquias encuentra el amor en una época convulsa).

Premio Planeta a ¿Realmente importa? ¿No estamos acostumbrados?

Un premio nacional a Agatha Ruiz de la Prada. Un ministro de cultura de la prensa rosa. (Los junto por respetar la gama de colores).

Últimos premios nacionales de cine: Banderas, Molina, Trueba, Bayona, Bardem, Verdú… espera, ¡pero si es la Chupipandi al completo! Últimas noticias: Unos completos desconocidos se alzan con el Premio Nacional de Cinematografía debido a su excelente aporte para un cine del siglo XXI, un cine contextualizado y con un lenguaje desprovisto de arengues y cuñadeces… ya, en otro mundo…

Premio Nacional de Periodismo a Eduardo Inda. No, esto es coña. Pero podría ser. Piénsalo. ¿Y quién tendría la culpa? ¿eh? ¿eh? ¿EH?

Hay que quitarle importancia. De verdad. A ganarlo y a perderlo. A quién lo ha ganado y a porqué tu amigo está desesperado por ganarlo. Son premios para las Artes. Concentremos la energía en las Artes.

Para terminar, desde esta posición de poder, quiero proponer un nuevo premio. Una nueva categoría. Una locura. Premio Nacional al mejor político. De forma artística. De verdad. Quizá ir un día pintado de verde al congreso o estudiar las formas acústicas de Satie cambie algo. Premio al político con mejor prosa renacentista. Me meto de cabeza.

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Comentarios:

luifegaleano@gmail.com
14 diciembre, 2018

En menudo berenjenal se mete usted, amigo Cobián. Personalmente, considero que inscribirse a un premio es equivalente a lo que realiza un deportista para probarse ante los demás. Ganar, no dejemos dudas al respecto, resulta muy agradable; aparte de ser un 'chute' vanidoso como pocos, pero, ¿realmente importa? Escribir es un acto de introspección personal en donde la verdad es relativa ya que la ficción y la no ficción se hermanan para hacer de los escritores unos mentirosos empedernidos carentes del más elemental sentido de la decencia y de la responsabilidad. ¿Qué escritor no nos quiere leer su manuscrito? ¿Cuántos actos de contrición no hemos entonados por leer algo que rara vez resulta interesante y criticamos con benevolencia para no ofender al aspirante a escritor? Si para algo deberían servir los concursos sería para que dejáramos de escribir y de torturar a un público lector ávido de escuchar mentiras. Claro, todo esto es una opinión personal absolutamente rebatible. Dicho lo cual, ¡qué gratificante es escribir! Un saludo afectuoso. Luife Galeano

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